En medio del vasto mar, una ola se elevaba con orgullo. Se miraba a sí misma y observaba a las demás. Algunas eran más grandes, otras tenían una espuma más blanca y brillante, y unas pocas parecían moverse con más gracia.
—Miren qué alto llego —se decía—, qué perfecta es mi cresta, qué hermosa es mi espuma.
Pero a su alrededor, otras olas también se alzaban y caían, y la comparación la inquietaba. Si una ola era más grande, ¿significaba que ella era pequeña? Si la espuma de otra era más blanca, ¿era la suya opaca?
El viento sopló con fuerza y la ola avanzó más rápido, pero entonces, vio cómo una tras otra, las olas rompían en la orilla y desaparecían.
—¿Eso me espera a mí? —pensó con miedo—. ¿Voy a dejar de existir?
Desesperada, miró a su alrededor buscando respuestas. Y entonces, una ola anciana, serena y profunda, le susurró:
—Tú no eres solo una ola. Ninguna de nosotras lo es. Todas somos el océano.
Por un instante, la ola dejó de compararse. Sintió la inmensidad del agua que la sostenía, la conectaba con todas las demás, y comprendió. No era más grande ni más pequeña, más blanca ni más opaca. Era el océano mismo, moviéndose en una danza infinita.
Soltó su miedo, dejó de luchar contra la corriente y, por primera vez, simplemente fluyó.